domingo 25 de octubre de 2009

Paisaje

.
Una señora
que perdió parte de un dedo
sigue un ritmo imaginario
con su falange fantasma,
y su pie izquierdo,
junto a un tipo
en blanco y negro
que lee el diario.
Las miradas
siempre ausentes
no miran nada
por el horizonte de las ventanas
tapadas de gotas de lluvia
y suciedad
resecas.
Coltrane cambia el ritmo
de sus cosas favoritas.
La fábrica de guitarras
da la bienvenida
en el mismo lugar de siempre.
Los talleres del ferrocarril,
se muestran
tras la celosía de ladrillos,
y los niños
en el parque
agotan sus minutos
de ocio regalado;
tal vez,
para alguno de ellos,
ganado.
Mientras,
la vida se escapa
ofreciendo resistencia
a un viento
que empieza a arreciar
y hace bailar
una bolsa de supermercado
que contemplo absorta,
como en un sueño,
hasta llegar a casa.

domingo 11 de octubre de 2009

Paseo por la frontera entre Flores y Caballito

El barrio de Flores que yo recorrí, justo el que abarca su enlace con el de Caballito, es una zona tranquila; una cuadrícula de calles largas, como lo son todas o casi todas en Buenos Aires; de esas donde llegas a escuchar tus pasos. Esta calma sólo se rompe al llegar a las grandes avenidas que las cruzan: Gaona, Díaz Vélez, Rivadavia... Pero mientras se callejea no parece que Flores o Caballito pertenezcan a esa misma ciudad que bulle frenética y ruidosa en el microcentro todos los días de la semana a casi cualquier hora.

Neuquén, Terrero, Lamas, Franklin, Planes, Bacacay o Bogotá, la plaza de Irlanda, la Plaza de Flores, incluso la avenida Boyacá, decreciendo hasta Rivadavia donde vuelve a crecer convertida ahora en Carabobo, antes de cruzar las vías, y a media mañana o pasadas las 9 de la noche, es una calle tranquila que, de alguna manera, aún forma parte de San José de Flores, el municipio que fue originalmente antes de que la ciudad de Buenos Aires lo engullera, convirtiéndolo en barrio.

Roger y Pep me ayudaron a reconocer edificios de arquitectura racionalista y art decó, casas chorizo y de planta neo-colonial, y alguna que otra construcción de estilo inglés en estas calles de veredas estrechas, pobladas de socavones y residuos orgánicos caninos; lo que hace que —y no es mi pretensión hacer ningún tipo de crítica sobre este respecto sino una observación objetiva— si se quiere pasear y observar la ciudad al mismo tiempo debe ejercitarse el arte de mirar de arriba a abajo y viceversa intermitentemente, para no sufrir un desafortunado paso sobre blando o una torcedura de tobillo. Y dado que mi principal objetivo en este viaje era conocer la ciudad al máximo y no hacer un análisis comparativo centrado en sus carencias, mi habilidad en la mirada se acrecentó y este entrenamiento ya no me lo quita nadie.

El 25 de agosto, la víspera de mi cumpleaños, me lancé a la calle sola a pasear Flores y al regresar a casa me di cuenta que no había paseado por Flores sino por la frontera que separa éste de Caballito. Inicié el camino en la Avenida Boyacá en dirección a Rivadavia y de ahí me dirigí hacia la plaza de Flores haciendo una parada previa en El Clavel, un café con pecera cuyo espacio para fumadores supera en más del doble al espacio para no fumadores. No es un local de los más baratos, pero es agradable y tiene un enorme ventanal a la avenida Rivadavia que permite observar el ir y venir de la gente, el paso de autos, colectivos y taxis, contemplar el bullicio de la calle desde un palco privilegiado y, en contraste, tremendamente tranquilo. Cortado en jarrito y jugo de naranja, con tres pastas para acompañar, junto a "Los problemas del Delta y otras aguafuertes" de Roberto Arlt (Ed. Embalse), el libro que decidí llevar conmigo aquel día.

Entré a la plaza desde Rivadavia, una de las avenidas más ruidosas y ajetreadas de la ciudad junto a las calles Corrientes, Córdoba o Florida, pero que, a diferencia de estas tres últimas, está poblada de habitantes bonaerenses, o afincados en la ciudad y sus alrededores, y no de turistas extranjeros, como ocurre en las otras tres. La avenida Rivadavia que he conocido (un fragmento minúsculo de una vía con más de 140 cuadras) es ensordecedora, llena de gente que viene y va, agobiante en el tráfico humano y rodado pero que, una vez la abandonas para introducirte en cualquiera de las calles que la atraviesan (al menos, insisto, en esta zona entre Flores y Caballito), el espacio se torna silencioso, y casi por arte de magia, desde el momento en que se entra a la plaza y a pesar de estar rozando la avenida, el ritmo cambia por completo. La gente descansaba allí, aquella calurosa mañana de agosto, sentada en los bancos o recostada en el césped, leyendo, conversando o simplemente retozando antes de regresar al trabajo. Al fondo, los padres y madres de familia esperaban que el viaje en carrusel ofrecido a sus vástagos tras salir del colegio acabara para recuperarlos e irse a almorzar. Tras unos minutos yo también emprendí la marcha, esta vez desandando el camino hacia Acoyte para visitar otro parque: el Parque Rivadavia.

El Parque Rivadavia es mayor que el de Flores, compuesto por caminitos por donde se puede pasear y practicar footing, con una veintena de puestos de música y libros a su entrada y con 3 mesas con banquitos al fondo, donde grupos de hombres juegan a las cartas y al dominó. Al entrar la sensación de cambio de lugar fue aún más espectacular de lo que lo había sido antes. Una vez cruzada la valla de entrada, de repente, pareció que se hacía el silencio. Es muy posible que aquello no fuera silencio y que continuara sonando el tráfico de la avenida, pero yo dejé de oírlo y todo se tornó calma. Los árboles que pueblan el parque —no me fijé en si siguen siendo eucaliptos, unos nuevos o aquellos mismos que mencionaba Arlt en su aguafuerte "Amor en el Parque Rivadavia", tal vez alguno de ustedes aclare esta duda— ofrecían su sombra a grupos de estudiantes, parejas de amantes y anónimos solitarios recostados en ellos. Madres con cochecitos paseaban a su bebe mientras conversaban con la amiga acompañante y algunos más practicaban footing. La mayoría de los bancos y asientos estaban ocupados, y al fondo, como comentaba antes, tres grupos de hombres practicaban juegos de mesa. Tras recorrer el parque decidí acercarme a la zona de juegos y sentarme en un banco libre a leer, escuchar e intentar empaparme del ritmo de un martes cualquiera, por la tarde, en la ciudad.

Eran tres los grupos de jugadores, que se relacionaban entre ellos, todos conocidos y por supuesto habituales de estos encuentros. En las dos mesas más alejadas se jugaba al dominó, mientras que en la del medio jugaban a las cartas. Yo me senté estratégicamente cerca de una de las mesas de dominó y los comentarios que fui escuchando provocaron que finalmente cerrara el libro y, sin delatarme demasiado, les prestara toda mi atención y buena parte de mis notas. Y es que la situación y los comentarios, como ocurre en cualquier casino de ancianos de cualquier pueblo de Valencia, tienen un tempo muy particular que siempre me ha parecido interesante, pero en este caso, aún tratándose de una situación parecida, la juventud de los protagonistas (casi todos menores de 50 años) despertó mi curiosidad.

Uno de los jugadores de dominó, bastante canchero y como si se tratara del portavoz del grupo de juegos, se ejercitaba como comentarista “a los berridos” del trascurso de la partida, dirigiendo sus comentarios hacia otro jugador llamado Jorge, también de dominó, pero sentado a la otra mesa, la más alejada, que con cierta profundidad y sin ningún aspaviento (lo cual le daba mayor enjundia y presencia), se dedicaba a recibir las demandas del primero y asentir.

— ¡Eh Jorge!
— ¿Qué?
— ¡Este está repartiendo los baldes! (no se a que se podía referir con los baldes, argot porteño de dominó supongo)

(Juegan)

— ¡Jorge!
— ¿Qué?
— ¡¡Llamá al médico!!

(Siguen jugando)

— ¡Jorge!
— ¿Qué?
— ¡¡¡Ya mandé a otro pa'l cementerio!!! (carcajada entre quejas de los demás)

Al salir del parque de camino a Primera Junta, hacia el Mercado del Progreso, me quedé mirando un edificio del cual colgaba una pancarta. Aquel edificio alberga, según anuncia el cartel informativo, una escuela, el liceo nº 2 y la universidad tecnológica nacional. En la pancarta se leía:
USÁ CASCO, SE CAE EL TECHO.

domingo 4 de octubre de 2009

Parálisis

Lo apuntaba el otro día en el muro de FB, hace un tiempo que me viene preocupando el hecho de saber que, a pesar de ser más consciente de lo que era hace unos años, a pesar de saber más y reconocer lo aprendido, me resulta cada vez más difícil poder concretar las ideas en un texto. Encontrar un tema sobre el que escribir me resulta cada vez más complicado; y comentándolo con el sabio guillotinador de pianos éste me apuntó que no es que esté sufriendo una metamorfosis hacia la estupidez sino que, al contrario, el conocimiento, la inteligencia, paraliza. Y tengo que estar de acuerdo aunque aún no sea del todo consciente (él es más sabio y yo todavía una aprendiz), porque el caso es que una de las consecuencias, o tal vez sea la causa, de mis temores es que pasan los días y el tiempo no me alcanza. Necesito más tiempo, pero un tiempo completo, que sea sólo mío; para poder reposar las ideas, para pensar sobre ellas o para encontrarlas (aunque nunca se encuentren, sino que llegan y lo que hay que hacer es atraparlas al vuelo y anotarlas en la Moleskine o en mi nueva Meridiano para que no desaparezcan). Me falta esa clase de tiempo.

Si, además, a todo esto le sumamos un nuevo cambio, que sin duda habrá quien lo agradezca incluida yo, que es que he pasado de una enfermiza verborrea a la práctica obligatoria del silencio y la escucha, a la espera de poder demandar explicaciones sobre lo escuchado, la cosa se complica aún más. Porque, sobretodo desde que he regresado de Buenos Aires pero intuyéndolo desde meses antes, echo de menos ciertos interlocutores que se habían convertido en maestros imprescindibles.

Valencia se me cae encima como una losa tremendamente pesada y carente de enjundia, convertida en un bucle de acontecimientos idénticos con variaciones sólo en la presentación del titular, pero que presentan siempre los mismos temas de conversación, las mismas preguntas e idénticas respuesta a estas preguntas. Aún no he encontrado conversadores que busquen darle a la tuerca una vuelta de más; que, impertinentes, rasquen más allá de la superficie para hacer saltar la discusión por el mero placer de ver que ocurre, o para hacer más sabrosa la sobremesa. La Valencia que conozco está, más que dormida, en coma profundo y yo me siento cada vez más extraña, más croocked tree.

A pesar de todo, permítanme el argentinismo, ni en pedo vuelvo a mi estado pasado. Estoy donde estoy y sigo andando hacia delante, leyendo lo que necesito y lo que me apetece para saber más; intentando afinar la vista y el oído para la caza; y esperando, tal vez aún algo desesperanzada, encontrar nuevos interlocutores con los que no esté de acuerdo pero que deseen, tanto como yo, practicar el ejercicio de la dialéctica.

martes 15 de septiembre de 2009

La mesa de la cocina de Caro

Al tío de Caro,
que publicaba en la prensa
la mejor noticia del día.

Hablar de la casa donde vivimos durante 5 semanas en Buenos Aires es, sin duda, hablar del hogar, porque tanto Roger como Caro hicieron de su casa nuestra casa, convirtiéndola en nuestro segundo hogar, que echaremos de menos hasta nuestro regreso. Y lo que más voy a echar de menos de él (y no creo equivocarme si digo que Pep también) es la cocina. Porque las buenas cocinas son como el motor del lar, donde todo bulle en el más amplio sentido de la expresión; y el engranaje de ésta funcionó a las mil maravillas.

Es una habitación lo suficientemente grande como para albergar en ella una mesa, "La Mesa de Caro" —título que se le impuso entre bromas, pero que con el paso de los días se fue ganando por méritos propios—, con capacidad para 4 comensales sentados cómodamente y cinco o seis en una comida o cena a base de picoteos sin necesidad de tener que maniobrar con la cubertería. Pero es que, además, y esto es lo que hace genial a la mesa y con ella a la cocina, sirve como mesa de trabajo, mesa de café con tertulia, mesa para pensar y banco auxiliar. Si a todo esto le unimos que a los cuatro nos gusta cocinar, la cocina y su mesa se convierten en el espacio principal y mueble protagonista de la casa.

Y es que, dejando de lado las conquistas intelectuales y entrando en las gastronómicas que son las que hoy me ocupan, allí se prepararon verdaderos festines, siendo uno de nosotros chef o chefesa principal con la ayuda de tres pinches, o con los cuatro juntos maniobrando en equipo.

Relataré la lista centrándome en cada uno de nuestros platos estrella, y empezaré por Caro, en honor a su mesa y porque, a pesar del enorme volumen de trabajo que tuvo durante todo el mes, nos deleitó a nosotros tres y a Andrés, Martín y Lucía con su Sopa de Caro (cuya receta espero que me pase al precio que sea, que lo pago) y unas Empanadas caseras de Atún absolutamente espectaculares, tanto en el sabor como en la presentación. El título de Gran Chefesa lo tiene más que merecido.

Roger —que en compañía de Pep y conversando sobre platos y platillos me recuerdan al Josep Pla de El que hem menjat, con el añadido que ellos sí que saben cocinar— fue nuestro principal chef con platos sencillos pero tremendamente deliciosos, como su Sopa de Verduras (otra receta a conseguir), el Puré de Lentejas con Pasta (un experimento que salió genial), o la Ensalada de Alubias (con ese toque de mostaza de aceto, mmmm); y con especialidades mejicanas como los Tacos, o un Mole sencillamente espectacular.

Pep es el otro gran gourmet y gourmand del cuarteto, con una excelente mano para los arroces de la cual hizo gala con su Arrós caldós (arroz caldoso) y su absolutamente deliciosa Olla de Carabassa (olla de calabaza, o zapallo), que cocinó en honor a los padres de Caro; de la que no dejamos ni el aroma, de bueno que estaba, y que fue seguida de un flan casero impresionante hecho por Olga.

Y quedo yo, posiblemente la menos casera de todos no me atrae demasiado la cocina de diario. Lo que me gusta es explayarme, manejarme entre peroles y sartenes con horas y espacio por delante, preparar platos con mimo y cocinar para los amigos (esto obviamente nos gusta a los cuatro). Mis dos especialidades fueron la Crema de Calabaza y mis Patatas Rellenas (con uno de los rellenos experimental aprovechando los productos autóctonos que argentina ofrece).

La verdad es que en aquella cocina y en aquella mesa se cocieron muchas cosas, unas comestibles, otras intelectuales, y todas ellas excelentes para un buen crecimiento físico y espiritual. Así que ¡mucho ojito y me tratan con sumo cuidado la mesa de la cocina de Caro!.

lunes 7 de septiembre de 2009

Diario de viaje. 2: Andrezzinho y Villa Devoto

En esta ocasión, y a diferencia de las dos anteriores (2005 y 2006), mi viaje a la argentina fue más urbano-artístico-arquitectónico que social. Fueron pocas las reuniones sociales programadas o que se nos propusieron —todas ellas realmente interesantes—, y una digna de mención fue sin duda la que mantuvimos con Andrés Prieto.

A Andrés lo conocimos el 31 de julio sobre las 11'30 del mediodía. Es un colombiano menudo, que no pequeño; con el pelo muy corto, que días después aún se cortó más “para que el gorro de lana le encajara mejor”; la mirada entrenada en la observación y la mano en el dibujo; con una risa sonora y contagiosa, sin dejar de ser tímida; que habla poco, muy poco y pausadamente, pero cuando lo hace da en el clavo. Andrés es el socio dibujante de Buenos Aires Ideal y se podría decir que, de algún modo y si el autor me lo permite, Andrés es otro "paseante extranjero" en esta ciudad enorme.

Roger, Pep y yo nos reunimos con él para ir a pasear por Villa Devoto, un barrio residencial situado al oeste de Buenos Aires a unos buenos 50 ó 55 minutos de la frontera entre Flores y Caballito, donde vivíamos.

Lo que más me sorprendió durante nuestro paseo por el barrio fue el silencio —prácticamente no se oyen coches o colectivos circulando por sus calles, sólo de vez en cuando nos cruzábamos con algún viandante y éramos capaces de escuchar nuestros propios pasos en la vereda, incluso al cruzar la estación de tren—; un silencio que contrasta enormemente con el bullicio del micro centro y de gran parte de la ciudad, o al menos de las zonas de la ciudad que hasta entonces conocía. Lo segundo que más me sorprendió fue su estrambótica mezcla arquitectónica. Calles generalmente compuestas por edificios de no más de dos plantas, cada una de una época y con un estilo diferente. De repente encontrábamos una casa
de estilo neo-colonial junto a otra construida en los años 70 con la fachada alicatada y junto a otra de estilo art decó. Entre toda esta mélange el edificio más curioso que nos encontramos fue bautizado, allí mismo, como "la casa discursivo-defensiva", por una especie de púlpito, o de torre vigía, que sobresalía de uno de sus muros y se elevaba por encima del techo. Era fea a más no poder pero resultaba tremendamente peculiar (lamentablemente no le hice ninguna foto).

Pero el objetivo principal de aquel día era visitar el "Café de García", un bodegón con más de 100 años de edad situado en la ochava entre Sanabria y José P. Varela y que nos dejó, a Pep, Andrés y a mí, que no lo conocíamos, totalmente alucinados.

Nada más entrar al local se ven dos mesas de billar (billar español a tres bandas) y una de pool (lo que nosotros llamamos billar americano), una larga barra rematada, o presentada, según como se mire, por una espectacular cafetera, también de principios del siglo pasado, y más de un centenar de banderitas, fotografías, afiches, pósteres, y una veintena de jamones, que cuelgan de sus paredes y techo. Algo realmente interesante de este local es que tiene comedor para fumadores (cosa que ahora mismo es dificilísimo de encontrar en Buenos Aires ya que ellos han aplicado a rajatabla la ley anti-tabaco; pero sobre este tema hablaré en otra ocasión) y que en ese momento se encontraba lleno, pero dado que pretendíamos almorzar (comer) allí esperamos a tener mesa mientras tomábamos una cerveza con su acompañamiento (bandeja redonda de tres espacios con papas, cacahuetes y mini colines).

Lo del acompañamiento en las bebidas es otra de las muchas cosas que me encantan de Buenos Aires, ya sea con el café o con la cerveza, gaseosas, licuados, jugos, etc., la consumición siempre viene acompañada de una picadita, dulce para el café, con un vasito de soda, agua o agua con gas, y a veces hasta un vasito con jugo, y salada con las demás bebidas.

Tras tomarnos la cerveza (de un litro con 4 vasos), una media hora después, se liberó una de las mesas del salón interior y pasamos a comer. Si la zona del bar sorprende por la cantidad de objetos expuestos en sus paredes, el saloncito nos dejó estupefactos. Una exorbitante cantidad de objetos, desde instrumentos musicales hasta cabezas de animales disecadas o cráneos pelados, pasando por toda una colección de pavas, cuberterías, cristalerías, botellas, sifones, llaves, recipientes y cajas, partituras musicales, un calefón, armas de todo tipo, navajas de barbero, objetos deportivos, y hasta un adoquín, tapan completamente las paredes de esta habitación.

Pillamos asiento en una de las mesas grandes (para 4 personas) junto a la ventana y al momento apareció el camarero, un señor mayor, de unos 60 años o más, con bata azul, que a una velocidad ultrasónica nos relato la lista de platos del día, imposible de retener por entero pero que desveló lo suficiente como para aplacar nuestra curiosidad gastronómica y decidir el menú. Roger y Andrés optaron por uno de los grandes clásicos: Milanesa bolognesa —oxímoron que fue celebrado—, mientras que Pep y yo optamos por otro habitual de las cartas: Ravioles con estofado. Nos pusieron las bebidas en una pequeña mesa auxiliar que colocaron junto a la nuestra (algo realmente práctico para comer cómodamente y poder ver las caras de los demás comensales) y llegó el ágape. Aunque las raciones no eran tan enormes como recordaba de mis anteriores estadías en la ciudad, no se quedaban cortas tampoco y se engulleron a placer acompañadas de un buen vino malbec. De postre cafés chicos y cortado en jarrito (con su soda y 4 pastas, una por comensal). Al salir mantuvimos una pequeña conversación con el dueño que nos informó sobre las picadas pantagruélicas que se ofician los jueves, viernes y sábados y a la que nos invitó a asistir, para consumir claro está, avisándonos que no se podía conseguir mesa sin reserva previa y llamando con tiempo; nos dio unas tarjetas y nos despedimos.

Mientras, Andrés se dedicó a echar un último vistazo por el local elucubrando cual de los muchos rincones reproduciría en su dibujo del miércoles, que, como ya nos tiene acostumbrados, fue genial.

martes 1 de septiembre de 2009

Diario de viaje. 1: La gripe A

El Sábado pasado, 29 de agosto a las 12 de mediodía, tomábamos el vuelo de regreso a España. Se acabaron las vacaciones y ahora toca seguir siguiendo con lo que aquí dejamos y con lo que llegue de nuevo. A partir de aquí, y en este espacio, iré trascribiendo partes de mi diario de viaje por Argentina, de todo lo que descubrí a lo largo de estas 5 semanas y de mis impresiones al respecto, de momento sin orden cronológico.

Una de las primeras cosas que Pep y yo descubrimos al llegar, y que coincidía en ambos países, era la campaña de información y prevención dedicada a la gripe A.

Nuestro primer comentario fue: "Mira, aún estamos en Buenos Aires" —acabábamos de ver el cartel informativo sobre la gripe A. Pero había una diferencia clara entre las dos campañas. Una diferencia en el formato, que era de esperar, y que se podría traducir en una diferencia económica, o de recursos, cosa que en nuestro caso, con mayores recursos, no significa que sea mejor.

Básicamente las dos campañas anuncian lo mismo, dan los mismos consejos, previenen, claro está, sobre lo mismo, pero la manera como se presentan es radicalmente opuesta.





En la española priman las imágenes, mientras que en la argentina, o mejor, la porteña —porque no vimos esta campaña en ninguna de las demás ciudades que visitamos (Nueve de Julio, Córdoba y Rosario)— prima la letra impresa. O sea, que mientras que en la campaña bonaerense hay que leer obligatoriamente, y te lo lees porque este es un tema que de un modo u otro interesa y/o preocupa; en la española la mirada se detiene principal y casi diría que únicamente en las fotografías, dejando las explicaciones escritas, con una letra minúscula, en el olvido.

Francamente, yo no soy de las que creen que una imagen vale más que mil palabras, no señor, la mayoría de las veces, por no decir siempre, una buena redacción es mucho más eficaz, descriptiva, objetiva e ilustrativa que cualquier imagen.

Hay infinidad de cosas que funcionan mucho mejor en España (Europa) que en Argentina, eso no voy a negarlo y sobre este respecto les iré hablando en alguno de mis futuros artículos, pero en este caso, si de informar se trata, Argentina nos ha ganado la mano a los españoles. Tal vez la nuestra sea más vistosa, más "moderna", pero la porteña, con unas letras blancas, grandes y claras sobre ese rojo bermellón de fondo, invita inevitablemente a leerla, y por tanto a informarte, aunque no quieras.

martes 4 de agosto de 2009

De vacaciones

Hace más de un mes que no aparezco por el blog. La razón fundamental es que estábamos (Pep y yo) preparando nuestro regreso a Buenos Aires, regreso que anhelábamos desde hace años.

En un principio pensé detallarles nuestro viaje a tiempo real, pero eso me supone un esfuerzo considerable que reducirá mi tiempo enormemente; tiempo que finalmente he decidido emplear en conocer la ciudad y tomar notas sobre todo lo que vaya aprendiendo de ella, para, una vez de regreso a Valencia, contarles con más calma lo que BsAs me haya enseñado.

Así pues reciban este post, en parte como una disculpa por mi larga ausencia, y en parte como un avance de lo que estoy preparando para el regreso tras las vacaciones.

Un saludo y nos vemos de nuevo en septiembre.